Cuánta chicha en tan poco espacio. Y con lo mal filósofo que es Schopenhauer, el juego que dan sus imágenes y sentencias.
Me gusta pensar que existe la posibilidad de la apertura, no sólo en el momento crítico del amor, sino como actitud general en la vida. Mis mejores ratos estos últimos meses han sucedido (y se van multiplicando) cuando me he sentido dispuesto a cualquier contacto: los cercanos, que son los más difíciles, porque están más automatizados y vienen con historias más largas y a veces dolorosas, pero que van sucediendo poco a poco (ver alargarse las conversaciones con mi familia, especialmente las personas más problemáticas, está siendo un placer); pero también con extraños por la calle, o con nuevos conocidos aquí en substack y en el podcast. Me parece que la gente da muy poco miedo cuando has empezado a hacer el esfuerzo de entenderla. Llevo camino de envejecer como uno de esos pesados que les saca conversación hasta a las piedras.
Tras esa distancia exacta suele esconderse la herida que fue. Creo que hay que celebrar la cicatriz como una victoria del cuerpo y no contemplarla solo como el tapón del dolor.
Y empezar a juguetear con ella al pilla pilla, persiguiendo o dejándose coger por los demás, muerta de la risa, tras comprobar que en eso consiste la maravilla de elegir o ser elegida.
Tu texto, además de profundo y sutil, es muy hermoso. Gracias
Buenísimo. Una metáfora inolvidable para la teoría de la mente que se siente. Modelar a los demás para evitar heridas y sobrevivir la incertidumbre.
La teoría de la mente del erizo es función de la longitud de sus púas. Cuanto mayor sea el daño potencial (propio y ajeno), más sofisticado el modelado.
Amar… Si el erizo opera como un agente que optimiza una función de recompensa (minimizar daño, maximizar calidez), amar sería redefinir la función de recompensa misma. Es decir, optimizar para la permanencia.
Me gusta mucho: "Optimizar para la permanencia." Me lo quedo. Aunque creo que el erizo no calcula: simplemente, en algún momento, deja de contar los pinchazos.
Cuánta chicha en tan poco espacio. Y con lo mal filósofo que es Schopenhauer, el juego que dan sus imágenes y sentencias.
Me gusta pensar que existe la posibilidad de la apertura, no sólo en el momento crítico del amor, sino como actitud general en la vida. Mis mejores ratos estos últimos meses han sucedido (y se van multiplicando) cuando me he sentido dispuesto a cualquier contacto: los cercanos, que son los más difíciles, porque están más automatizados y vienen con historias más largas y a veces dolorosas, pero que van sucediendo poco a poco (ver alargarse las conversaciones con mi familia, especialmente las personas más problemáticas, está siendo un placer); pero también con extraños por la calle, o con nuevos conocidos aquí en substack y en el podcast. Me parece que la gente da muy poco miedo cuando has empezado a hacer el esfuerzo de entenderla. Llevo camino de envejecer como uno de esos pesados que les saca conversación hasta a las piedras.
Tienes razón , Edu, Schopenhauer no es de los mejores, pero tiene metáforas magníficas.
Yo creo que el erizo que envejece bien no pierde las púas: aprende cuándo debe usarlas. Algunos tenemos esa asignatura en progreso.
Cómo siempre: gracias por tu presencia, comentarios y apoyo. Eres genial.
Tras esa distancia exacta suele esconderse la herida que fue. Creo que hay que celebrar la cicatriz como una victoria del cuerpo y no contemplarla solo como el tapón del dolor.
Y empezar a juguetear con ella al pilla pilla, persiguiendo o dejándose coger por los demás, muerta de la risa, tras comprobar que en eso consiste la maravilla de elegir o ser elegida.
Tu texto, además de profundo y sutil, es muy hermoso. Gracias
Celebrar la cicatriz solo es posible después: cuando la herida ya enseñó lo que tenía que enseñar.
Gracias por un comentario tan cálido y tan tuyo.
Buenísimo. Una metáfora inolvidable para la teoría de la mente que se siente. Modelar a los demás para evitar heridas y sobrevivir la incertidumbre.
La teoría de la mente del erizo es función de la longitud de sus púas. Cuanto mayor sea el daño potencial (propio y ajeno), más sofisticado el modelado.
Amar… Si el erizo opera como un agente que optimiza una función de recompensa (minimizar daño, maximizar calidez), amar sería redefinir la función de recompensa misma. Es decir, optimizar para la permanencia.
El drama grande está en la palabra “algunas”.
Gracias por el texto.
Me gusta mucho: "Optimizar para la permanencia." Me lo quedo. Aunque creo que el erizo no calcula: simplemente, en algún momento, deja de contar los pinchazos.
Gracias por comentar y por la aportación!!
Abrazos.
Si. Me gusta este relato.
Creo reconocer ese mundo del erizo.
Aunque me genera dudas si a veces no sería mejor pincharse y envidia de aquellos que no les importa hacerlo.
Tienes razón, Manu: las púas ajenas duelen menos que el frío.
Un abrazo grande.
...Los erizos se reconocen entre ellos....
Nos reconocemos entre nosotros.