El erizo
Sobre la distancia exacta.
El silencio se vuelve cuerpo y me espera adentro. Se apoya en los muebles, ocupa las esquinas. Afuera, los perros rasgan la noche.
El frío repta desde el suelo y me muerde los tobillos. Hay un instante exacto en que comprendo que nadie va a venir todavía, e intento no moverme, como si quedarse quieto pudiera hacer avanzar el tiempo más deprisa.
Miro el techo blanco. Las sombras se deslizan alrededor de la cama y deforman los dibujos que hago para distraerme. Escucho el crujido de la casa, el ruido lejano de un coche que no se detiene aquí.
La oscuridad no es lo que pesa en la habitación, sino algo parecido a quedarse solo demasiado pronto.
La historia del erizo comienza así.
Con el tiempo, uno aprende ciertas cosas sin que nadie las explique. A no pedir agua por la noche. A no hablar demasiado alto. A medir el cansancio en la voz de quien llega tarde a casa. Uno aprende a observar antes de acercarse. Mide, intenta no tensar aquello que percibe frágil.
Después, todo eso permanece: no es solo un recuerdo infantil. Se convierte en una manera de acercarte al otro: con una parte de ti siempre preparada para la retirada. La distancia empieza a parecer prudencia. Madurez. Incluso autonomía celebrada por los demás. Quien sabe medir siempre distingue cuándo debe callar y cuándo apartarse antes de quedar demasiado expuesto. Pero siempre se paga un precio cuando la cercanía se calcula de antemano: el vínculo deja de ser un lugar donde permanecer. Se entra de puntillas, con cuidado, y se sale antes de que el otro pueda dejarte marca alguna.
Schopenhauer explicó esto con una imagen. En una noche helada, un grupo de erizos intenta darse calor. Si se acercan demasiado, se hieren con las púas; si se separan, el frío los congela. Y así pasan la noche: aproximándose, apartándose, corrigiendo la distancia una y otra vez. Nunca del todo juntos ni del todo solos. Buscando ese punto intermedio donde el otro te calienta sin llegar a hacerte daño.
Puedes creer, como los erizos, que se puede vivir ahí: midiendo y retirándose justo a tiempo. Controlando la distancia para que nada te desborde demasiado. Hasta que algo rompe el cálculo. Y una noche alguien te mira de una manera que no esperabas, o te toca el brazo sin querer, y algo en ti se enciende antes de que puedas decidirlo.
Los erizos se reconocen entre ellos.
Quizá amar no tenga que ver con encontrar la distancia exacta. Quizá consista en descubrir que no hace falta estar siempre preparado para marcharse. Y que algunas personas no llegan para invadir ni para herir: solo para quedarse.
Entonces el frío deja de ser lo único que ocupa la habitación.



Cuánta chicha en tan poco espacio. Y con lo mal filósofo que es Schopenhauer, el juego que dan sus imágenes y sentencias.
Me gusta pensar que existe la posibilidad de la apertura, no sólo en el momento crítico del amor, sino como actitud general en la vida. Mis mejores ratos estos últimos meses han sucedido (y se van multiplicando) cuando me he sentido dispuesto a cualquier contacto: los cercanos, que son los más difíciles, porque están más automatizados y vienen con historias más largas y a veces dolorosas, pero que van sucediendo poco a poco (ver alargarse las conversaciones con mi familia, especialmente las personas más problemáticas, está siendo un placer); pero también con extraños por la calle, o con nuevos conocidos aquí en substack y en el podcast. Me parece que la gente da muy poco miedo cuando has empezado a hacer el esfuerzo de entenderla. Llevo camino de envejecer como uno de esos pesados que les saca conversación hasta a las piedras.
Tras esa distancia exacta suele esconderse la herida que fue. Creo que hay que celebrar la cicatriz como una victoria del cuerpo y no contemplarla solo como el tapón del dolor.
Y empezar a juguetear con ella al pilla pilla, persiguiendo o dejándose coger por los demás, muerta de la risa, tras comprobar que en eso consiste la maravilla de elegir o ser elegida.
Tu texto, además de profundo y sutil, es muy hermoso. Gracias