Oveja Not Found
Sube, que te llevo al tejado.
En el rebaño nadie levanta la cabeza. Por costumbre. La hierba es corta y siempre la misma, crece donde el amo decidió que creciera. Todos mastican tranquilos, todos los días iguales, uno tras otro. También yo mastico: el hocico inclinado, la boca llena de algo que no trago. En la granja gira un vinilo. La aguja resiste hasta que el sonido se quiebra. Queda un ruido blanco. Alzo la cabeza, algo ha cambiado. Entre las sombras, la cara oculta me mira. Le brillan los ojos; me enseña los dientes. Doy un paso fuera y el rebaño se reordena. Hay polvo en el camino, pero no dejo huella. La lluvia moja mi lomo mientras se hace la noche y ya no sé cómo me llamo aquí, ni para qué sirve este olfato. La boca sabe a sal y a pasto. Algo se abre paso. Lo escupo en el suelo: la tierra traga el manojo empapado. Palabras nacen sucias, se amontonan a mi lado. Las escalo. Ovejas de tinta. Soy la perra sobre el tejado.
Desde aquí arriba puedo ver el campo, y más allá la ciudad. La hierba deja de taparlo todo: emergen caminos largos. Límites. Lugares por donde el rebaño nunca pasa. Descubro que cada paso ocurría dentro de un dibujo mucho más grande.
Hay días en los que bajo del tejado. Días en los que mastico la misma hierba, en los que vuelvo a callar porque estoy cansada o porque necesito pertenecer a algo durante unas horas. No siempre tengo fuerzas para vivir con la cabeza levantada. A veces echo de menos la tranquilidad de no hacer preguntas. Hay cierto descanso en caminar por un sendero ya trazado. Pero sigo buscando una salida, recorro las cercas con el hocico pegado a la tierra. Las rodeo. Siempre vuelvo al mismo sitio. Hay noches en que pienso que la puerta está delante de mí, pero no sé reconocerla.
No puedo vivir en el rebaño. Tampoco fuera de él. Así que subo al tejado. Bajo. Vuelvo a subir.
A veces pienso en el pastor. En el cayado apoyado contra la pierna, en la calma de quien no necesita correr porque otros corren por él. Hay un descanso oscuro en ocupar ese lugar: mirar el campo desde el centro, aprender el idioma del amo para dejar de ser extranjera. Pero el cayado no silencia la voz de dentro. “Así son las cosas”, me digo para no oírla. Hasta que se cuela un “esta no soy yo” y el cayado empieza a pesar.
Durante mucho tiempo estuve segura de que la cerca estaba delante. Recorría el perímetro con obstinación. Olía la madera, empujaba con el lomo. La cerca seguía allí. Después entendí que la valla no tenía que verse. Casi ninguna cerca necesita alambre: las más resistentes son invisibles. Empiezan mucho antes de que aprendamos a identificarlas.
Es más fácil vivir contra un amo visible. Se le puede odiar, señalarlo. Tiene nombre. En cambio, ¿qué se hace con una cerca que una misma aprende a llevar puesta? A veces pienso que todos llevamos un redil a cuestas. Lo llamamos personalidad, o madurez. Y tal vez una parte lo sea, porque hay líneas que protegen del abismo.
Desde el tejado veo mejor mi propia confusión. También la de otros: hombres que aguantan vidas que les ahogan, madres que enseñan a sus hijas la misma obediencia que a ellas las dejó sin posibilidades. Habitaciones donde alguien calla para conservar el amor. Pero nadie lo llama cerca.
La cerca más perfecta parece una manera razonable de vivir.
Por eso cuesta tanto discutir con ella. En cuanto intentas tocarla, alguien te mira con cansancio. Para qué remover, para qué complicarlo todo. Estos son los perros guardianes: no muerden, apenas hacen ruido, pero te devuelven a tu sitio.
Los perros guardianes aprenden nuestros horarios. Se sientan a la mesa. Nos ayudan a elegir la ropa, el trabajo, incluso la pareja. Nos dicen qué vidas merecen admiración y cuáles conviene evitar. Nos enseñan a medir el éxito y a repetir palabras ajenas con la naturalidad con la que se mastica la hierba de siempre.
Pienso en volver al rebaño, e incluso en convertirme en pastor. Pienso en levantar una cerca nueva y llamarla por un nombre hermoso: libertad, orden, comunidad.
Desde este tejado todas las preguntas cambian de forma. Ya no busco solo quién sostiene el alambre: quiero saber dónde aprendí a necesitarlo. Entonces levanto la cabeza y el paisaje se abre. Ya no puedo fingir que la hierba crece sola.
No he vencido a ningún pastor. Ni al amo. Ni a los perros guardianes. No hay una tribu esperándome al otro lado del campo. El tejado no es una patria, ni siquiera es un refugio. En los días de lluvia resbala, en los días de viento obliga a apretar las patas contra las tejas. Quizá por eso sigo mirando el campo: la costumbre, el calor de los cuerpos juntos. Y pienso que nadie debería burlarse de quien vuelve al lugar donde al menos conoce su sitio.
No encuentro una salida. Me quedan frases sucias y torcidas, una palabra junto a otra hasta formar una escalera.
Para llegar a este tejado.
Con el campo delante.
La ciudad al fondo.
Y la boca aún llena de sal y de pasto.
¿Qué ves desde tu tejado?
Durante unas semanas, esta oveja estará not found.
No descarriada: descansando.
Me bajo un tiempo del tejado. O quizá me subo a otro, pero sin publicar lo que veo. Necesito desaparecer un poco. Dejar que el ruido blanco se apague. No responder al rebaño, ni al amo, ni a los perros guardianes. Cerrar la puerta, caminar sin dejar huella, dormir, leer, mirar a mis hijos jugar, tocar la vida sin convertirla enseguida en palabras.
Gracias por acompañarme hasta aquí.
Nos leemos a la vuelta.



Hola hermana oveja, haces bien en bajarte un rato del tejado. Afloja y renueva tus fuerzas. Otras te esperamos, yo, por ejemplo que oscilo entre entregarme a los perros para ser parte o hacerles frente, de a ratos.
Me gusta mucho cómo la imagen no se agota, sino que se sigue expandiendo. Pero hay una parte de la despedida que no he entendido: "tocar la vida sin convertirla enseguida en palabras". ¿Eso cómo se hace? Pregunto para un amigo.
Disfruta de la desconexión!