Manos de tierra
espalda de leña.
El sol me deslumbra a través del retrovisor mientras conduzco. Es una mañana de junio; la carretera, casi vacía, se extiende delante de mí. Por la ventanilla entra una brisa tibia que me roza la piel. Llevo semanas con una presión constante en el pecho que no se va ni al dormir; ahora, kilómetro a kilómetro, algo empieza a aflojarse. Os he dejado a ti y a los niños en casa.
El paisaje cambia. El aire también. Extremadura tiene un olor propio: tierra caliente, polvo, jara, algo seco que reconozco incluso con las ventanillas cerradas. Respiro mejor sin darme cuenta.
Reconozco hacia dónde me dirijo cuando, a lo lejos, aparece el cartel del pueblo. Levanto el pie del acelerador. La carretera se estrecha y la marcha baja casi sin que lo decida. Entro despacio: casas bajas, fachadas encaladas, alguna persiana entornada para guardar el fresco, macetas apoyadas contra la pared. No hay nadie en la calle. Solo el sonido lejano de un televisor.
Doblo la esquina de siempre. Reduzco aún más antes de detenerme frente a la casa de mi abuela. Cierro la puerta del coche con cuidado.
Atravieso el umbral sin anunciar mi llegada. Entonces la veo: está sentada bajo el limonero, como si me estuviera esperando. Al verme, sonríe; las gafas le resbalan por la nariz. Se levanta despacio y me abraza. Su olor se queda en mi mejilla. Su cuerpo es firme y pequeño, pero envolvente. Me dan ganas de llorar al apoyarme en ella, pero me contengo. Creo que ella puede intuir lo que siento y no quiero ensuciar el momento.
Me pregunta por los niños, por ti. Asiento, contesto lo justo. Cuando me doy cuenta, ya ha dejado el bolso dentro y me propone dar una vuelta.
Me toma del brazo y caminamos hasta el olivar que fue de mi abuelo. El suelo cruje bajo las suelas; huele a polvo caliente y a hoja machacada. Las ramas están secas, fuera de temporada. Me dice que acerque las manos y haga el gesto de ordeñar la rama: deslizar los dedos como si hubiera fruto. La corteza es áspera, tibia por el sol. Bajo los dedos quedan restos finos de polvo y savia seca. Me corrige la posición, me baja un poco la muñeca. Sus dedos son duros, calientes. Tiene manos de tierra y espalda de leña.
Nos quedamos un rato más entre los olivos, luego regresamos despacio, con el polvo aún pegado a las manos.
Al entrar en casa, deja la puerta entornada para que corra el aire y dice que vamos a merendar. No cualquier cosa: haremos rosquillas. Sonrío sin contestar.
Se lava las manos y, aún húmedas, saca la cazuela de hierro, la apoya sobre la mesa con un golpe seco que reconozco desde siempre. La he visto sostenerla con esas manos nudosas cuando mis primos y yo nos amontonábamos alrededor, esperando el primer bocado aún caliente. Entonces la cocina olía a caldo, a pan, a aceite recién salido de la almazara. Ahora mide la harina a ojo, rompe los huevos contra el borde, vierte el anís sin mirar el vaso. Yo rallo limón: la piel se abre bajo la presión y el aroma salta, fresco y punzante. Se me queda en las yemas de los dedos.
Me acerca la masa. Está tibia, pegajosa al principio. La trabajo con las palmas. Amaso. Aprieto. Giro. Ella se echa aceite de oliva en las manos antes de dar forma a cada rosquilla; el brillo le cubre los nudillos, resbala entre los dedos. Sus manos sostienen la masa con firmeza, como si en ellas nada pudiera desbordarse.
—Lo que llevas dentro necesita salir por el cuerpo —dice.
Su voz cae despacio, arrastrando las sílabas como el agua cuando roza las piedras del arroyo. No añade nada más.
El aceite empieza a calentarse: primero un silencio limpio, luego un murmullo leve. El azúcar espera en un cuenco. Las rosquillas crudas descansan sobre el paño. Siento la masa resistirse bajo las palmas, el calor subiendo desde la cocina, el olor mezclándose con el recuerdo de aquellas tardes.
Trabajo sin hablar. Ella me mira por encima de las gafas.
Al caer la noche nos sentamos en el patio sin decir nada. Me toca el pelo con cuidado, como hacía cuando yo no sabía pedir. Apoyo la cabeza en su hombro y levanto la vista: el cielo se abre, inmenso, sembrado de estrellas. El aire ya no pesa. Siento el calor tibio de su brazo sosteniéndome, el roce lento de sus dedos en el cuero cabelludo, el pulso acompasado que me lleva hacia abajo.
Al verme bostezar, se levanta y me prepara la cama. El colchón tiene bultos irregulares, también la almohada; al tumbarme noto la tela fresca contra la piel y el leve olor a jabón casero. Me acomodo entre ellos mientras la casa queda en silencio, apenas un crujido en la madera, el canto lejano de un grillo. Cierro los ojos: el sueño llega sin esfuerzo.
Al despertar me cuesta saber dónde estoy; permanezco unos segundos con los ojos abiertos, tratando de reconocer el techo, la habitación en penumbra. A mi lado duermes tú, de espaldas, respirando despacio. Me levanto sin hacer ruido y camino hasta la ventana. El cielo es otro, oscuro y cuajado, pero también limpio.
Bajo la mirada y acerco las manos a la cara.
Aún desprenden un aroma cítrico.



Es muy bonito, Araceli.
Me ha emocionado, es bonito como una sombra puede ser tan larga y duradera que pueda proteger y dar cobijo toda una vida