Fragmentos: Tragar
Sobre lo que callamos.
Laura coloca el cajón de verduras frente a la tienda, justo antes de que pase el primer cliente del día: pimientos verdes, manzanas de la zona, zanahorias aún húmedas. Lleva el delantal atado bajo el pecho y una coleta floja que siempre se le desarma al mediodía.
—Estás guapísima hoy, Laura —dice Tomás, el de la carnicería, con una sonrisa curtida.
Ella sonríe también, por reflejo. Luego baja los brazos y los cruza frente al vientre. Desde que tuvo al segundo hijo, esa parte de su cuerpo nunca volvió a su sitio. Ni con cremas ni con ejercicios ni con los consejos de su madre. «Estás muy guapa», le dice ella, justo antes de añadir: «Pero deberías cuidarte un poco más».
Laura pesa más de lo que quisiera, tiene la espalda ancha, los muslos fuertes, el pecho lleno. Su pelo huele a dulces por las noches; sus manos, a fruta, lejía y monedas. El pueblo entero ha pasado alguna vez por su mostrador. Ella siempre tiene cambio, siempre tiene algo que decir, aunque no siempre se crea lo que oye.
Cuando llega a casa, ya está cayendo la tarde. Los niños hacen ruido arriba. Juancho, su marido, pone la mesa con una torpeza dulce, repartiendo los platos como si fueran cartas. La cena es sencilla: tortilla, ensalada, pan del día.
Después de cenar, Juancho se le acerca y la abraza por la espalda. Le huele el cuello.
—Me gusta cuando hueles a pan caliente —le susurra, con la nariz enterrada en su nuca.
Ella piensa en el sudor que le ha corrido por la espalda toda la tarde, en la harina pegada a las manos, en la grasa del filete que se comió a media mañana. Piensa en el espejo del baño, donde a veces no se reconoce. Pero no dice nada. Él la aprieta un poco más, sin pedir nada. Y ella, sin querer, se aleja medio paso. Laura recoge los platos con el sigilo de quien no quiere despertar a nadie. Guarda los restos en tuppers, limpia las migas de pan de la mesa, dobla la servilleta manchada de su hijo pequeño.
Cuando termina, se sienta en la cocina. Los niños ya están dormidos: Juancho los ha acostado hace un rato. Todo parece estar en orden, pero ella ya lo sabe. El cuerpo lo sabe también: no tiene hambre. No es hambre.
Abre la nevera. No busca nada en concreto, pero sus manos ya se han adelantado. Coge un trozo de queso: lo parte, lo mete en la boca. Luego un yogur. Un puñado de cereales secos. La cuchara va del tarro a la boca sin detenerse. Una tapa cae al suelo. Mastica sin pensar. No saborea. El primer bocado es consciente; el segundo, necesario; a partir del tercero, ya no es ella quien se mueve. Come de pie. A veces sentada en el borde de la silla, encogida. Mira de reojo el reloj del microondas. No sabe cuánto tiempo lleva ahí: cinco minutos, quince. La vida entera.
Cuando para, no es por saciedad, sino porque el estómago avisa y la culpa empieza a hervir. Cierra la puerta de la nevera. Limpia la encimera con un trapo, tira los envoltorios con cuidado y apaga la luz de la cocina.
En la oscuridad, antes de subir, se apoya un segundo en la pared. Tiene las manos frías; el estómago le late despacio, mientras un sabor dulce y amargo sigue pegado al fondo de la lengua. No llora. Pero podría.
Antes de acostarse, Laura entra en el baño. Se cepilla los dientes con prisa, quiere deshacerse del sabor de la noche. No se mira al espejo, o lo hace solo un segundo: lo justo para comprobar que sigue ahí, que sigue siendo ella. Luego baja la vista, se enjuaga la boca y apaga la luz sin mirar atrás.
En el dormitorio, Juancho ya está en la cama, medio dormido, con la sábana enrollada en la cintura. Tiene el pecho ancho, cálido, de esos cuerpos que no dicen mucho, pero lo sostienen todo. Al oírla entrar, se da la vuelta y la recibe con los brazos abiertos.
—Ven.
Ella se mete en la cama despacio. A oscuras. Él la abraza por detrás. La rodea entera, como si su cuerpo no le sobrara por ninguna parte. Le besa el hombro, le huele el pelo. La mano de Juancho le acaricia el vientre con ternura. Como quien toca algo conocido y amado. Laura siente el calor de su mano y, por un momento, contiene la respiración. Reconoce el pulso, el deseo. Su cuerpo responde. Juancho le acaricia con delicadeza, murmura su nombre. Ella cierra los ojos y siente un nudo en la garganta: el mismo de siempre, el que no puede tragar. Tiene ganas de entregarse y, al mismo tiempo, de esconderse bajo las sábanas y no salir más. Él la quiere, la desea. Y ella… ella quisiera creérselo.
Cuando Juancho se duerme, aún la abraza. Laura se queda despierta, en silencio. Siente el hueco que le queda dentro, ese que no llena ni la comida ni el amor.
Ese que no se explica, pero que manda.



Qué hermoso relato. Gracias, Araceli.
Un regreso muy sugerente, ese vacío me parece un lugar muy interesante. ¿Son fragmentos de una obra mayor o parte de una serie fragmentaria?